¡La pólvora llega a Frostgrave!

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Estaba deseando compartir con vosotros algún aporte fan-made para Frostgrave y aquí va el primero de, espero, muchos. Creo que lo que más he visto entre las bandas que nos encontramos por internet son enanos y lo que más le gusta a un enano (después de la cerveza) es la pólvora. Así que, si sois uno de esos generales que añora el olor del polvo negro, os dejo el perfil de un nuevo soldado, así como de su arma. Creo que está bien equilibrado, pero agradecería opiniones. Oh, la imagen que acompaña es un atronador de mi ejército enano.
Abajo tenéis un link para descargar el PDF como Frostgrave manda.


Arcabucero



Arcabuz

Se trata de un arma de pólvora, muy rara y apenas disponible en Frostgrave, quienes se atreven a utilizarla son tiradores especializados; sin embargo, esta tecnología es aún demasiado reciente y puede ser peligrosa. Hace falta una acción para cargar un arcabuz y otra para dispararlo. Si la figura así lo desea, puede remplazar la acción obligatoria de movimiento por una acción de 'recarga'. Los arcabuces tienen un modificador de +3 al daño y un alcance máximo de 16''. Además, si en su tirada el arcabucero saca 1, se considera que el arcabuz ha fallado estrepitosamente y el tirador recibe automáticamente dos puntos de daño. Si durante la partida el arcabucero repite el fallo con resultado de 1, se considera que el arma ha quedado inútil y no podrá utilizarse durante el resto de partida. Se asume que todos los arcabuces comienzan la partida cargados y listos para usarse.

Un arcabucero puede utilizar munición de plata por 20 CO. En tal caso los disparos del tirador se saltan la regla “Inmune a las armas no mágicas” de los No Muertos.


Descarga AQUÍ el PDF con la hoja del Arcabucero para Frostgrave!

“¿Hueles eso? ¿Lo hueles, muchacho? — ¿Qué es? — Pólvora, hijo; nada del mundo huele así. Amo el olor de la pólvora por la mañana”

Relato: La astucia del último von Carstein

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 Bertold subió el último tramo de la colina apoyándose en su pesada vara, el nigromante jadeaba por el esfuerzo acometido, la magia había consumido prácticamente todas sus fuerzas. Entonces se percató de otra presencia. La brisa le llevó un susurro bien conocido, que heló el sudor de su cara. Mannfred von Carstein estaba allí, observando la batalla que aún enfrentaba los cadáveres elevados por Bertold contra los caballeros Bretonianos. El vampiro le dedicó una mirada que no reflejaba ningún pensamiento o sensación, pero el nigromante tuvo miedo por las consecuencias: había perdido la batalla.

-Mi señor… sus fuerzas eran muchas. He empleado el mejor de mis esfuerzos…

Von Carstein negó y volvió la vista al frente. Los caballeros del Grial cargaban en ese momento contra la última fila de esqueletos, llevándoselos por delante y aplastando sus huesos bajo las herraduras de los caballos. Los necrófagos, sin embargo, aún plantaban batalla, incluso en la distancia el vampiro y el nigromante podían percibir el brillo verdoso de sus ojos, la ansiedad por la carne les impulsaba a resistir.

-Era lógico, Bertold. No podías ganar, te envié para desgastar su ejército. Mañana llegarán a Tempelhof con menos hombres, heridos, cansados. Se estrellarán contra los muros del castillo creyéndose invencibles por la victoria de hoy y allí encontrarán su tumba. La arrogancia siempre pierde a los bretonianos.

Ilustración de 'El fin de los tiempos'
© Games Workshop
El nigromante suspiró aliviado, el agradecimiento que sentía por el hecho de no ser castigado le inspiró a buscar dentro de sí los restos de voluntad que le quedaban. Extendió su vara hacia el cielo, las calaveras que la adornaban iluminaron sus cuencas vacías con un fulgor de otro mundo, castañearon sus dientes mientras los vientos de la magia se arremolinaban en torno al nigromante, entonces Bertold extendió su mano crispada hacia la batalla. Los hombres de armas y los caballeros caídos empezaron a levantarse con torpes movimientos de marioneta, su carne aún estaba templada, la sangre aún manaba por sus heridas. El horror se extendió entre los bretonianos, que flaquearon. Los campesinos huyeron abandonando las armas y los caballeros retrocedieron mientras luchaban contra su miedo.

El señor de Sylvania sonrió complacido, incluso posó su mano sobre el hombro de Bertold para felicitarle, su toque helado traspasó las ropas del nigromante, enroscándose en su piel y llegando a los huesos. Aun bajo esa sensación, el hechicero se sintió recompensado.

La ventaja del reducto de cadáveres animados y necrófagos no duró demasiado, un caballero de armadura lacada en blanco y naranja levantó su espada, que bajo la luz de la luna brilló con un fulgor puro. Los caballeros se reagruparon en torno a él y cargaron contra sus antiguos compañeros.

-¿Quién es?

Bertold sintió la sacudida de los hilos mágicos al romperse, los cadáveres cuyo control perdía uno a uno tras la violenta carga, pero no cedió su dominio. Cuando lo peor hubo pasado, se fijó en el hombre que acaudillaba el ejército.

-Jules de Montfort, suya es esta cruzada.
Mannfred asintió:
-Busco un nuevo chiquillo, quizá pronto su cruzada vuelva a Bretonia vistiendo mis colores.

El nigromante flaqueó, un golpe certero del tal Jules de Montfort atravesó un antiguo compañero reanimado por Bertold, entonces el aura de su arma bendecida contaminó los hilos mágicos que ataban los restantes cadáveres a su titiritero, el nigromante gritó perdiendo el control y sus criaturas se derrumbaron, dejando únicamente a los necrófagos rodeados y a punto de ser aniquilados.

Mannfred no pareció molestarse por aquella suerte, sencillamente se volvió dando la espalda a la batalla.

-Vamos Bertold, nada hacemos aquí, volvamos a Tempelhof.

El nigromante echó una última mirada al valle, los bretonianos ya gritaban victoria. Poco iba a durar su felicidad, si Mannfred deseaba un nuevo chiquillo, Jules de Montfort pronto pasaría a ser Jules von Carstein. Quien sabe, quizá el rey de Sylvania le permitiera educar al joven vampiro, sería un magnífico paso para aumentar su influencia y ganar más poder.